Éste bien podría ser el restaurante preferido de los White Stripes –por aquello de los colores blanco, negro y rojo que predominan en la decoración–, a no ser por la música dance pop que hay de fondo y porque la mayoría de los gays no les gustan los White Stripes; además, de éstos, se sabe que son hermanos o novios, pero no gays.
Ubicado en la calle de Amberes, el 12:30 está dividido en dos niveles: la planta baja, que funciona como bar, y en donde las paredes blancas se encuentran estampadas con códigos de barras. Si la idea es cenar, atraviesa este espacio para llegar al fondo, en donde están unas escaleras que conducen a un segundo nivel con una atmósfera rojiza y mediterránea. En un extremo hay un par de sillones emulando una suerte de lounge; del otro lado, las mesas se desplazan hasta una terraza que da a la calle de Amberes.
La carta del menú es simpática, aunque incómoda (es una hoja que se desdobla hasta convertirse en un tabloide), y la comida ofrece desde entradas, como unos crostinis tostaditos de jamón serrano y aceite de oliva, o unos tacos de marlin, una buena idea que, sin embargo, no llega a ser del todo satisfactoria, pues el marlin no está sazonado y junto a la tortilla de maíz, se vuelven pastosos, sin más sabor que una nota de sal acentuada. También se ofrecen ensaladas un tanto novedosas, como la llamada 12:30, que combina lechugas con unas buenas y jugosas rebanadas de roast beef, y que deja escaldada la lengua –pero rico– por su aderezo de mostaza y miel. También hay pastas, carnes y aves preparadas en forma convencional.
El servicio es muy amable, pero accidentado. Puede ocurrirte que cuando vayas no tengan facturas y tarden en resolver la situación. Aún así, el 12:30 es un sitio agradable para cenar (las tardes no son su fuerte); de postre, quizás te toque uno que otro galán.