El salón de té Caravanserai —Maison Francaise du Thé— está dentro del edificio Balmori, un complejo residencial de arquitectura europea clásica en la esquina de Orizaba y Álvaro Obregón. Picault también es el dueño de éste, y ha creado aquí una atmósfera que parece un cruce entre un fumadero marroquí de opio —con divanes repletos de cojines en los cuales los parroquianos se reclinan mientras sorben té verde, negro, blanco o el llamado gunpowder— y una escuela para señoritas atestada de pinturas curiosas y repisas con libros de arte y poesía.
Al lado del salón de té está la tienda delicatessen francesa La Truffe, cuyo diseño recuerda el de las tiendas de abarrotes de los barrios tradicionales parisinos. Una amplia selección de patés, quesos, pastas y baguettes hace de ella el lugar perfecto para cumplir las fantasías gourmet más francesas. Para aquellos que no estén tan familiarizados con los cientos de botellas de vinos europeos y americanos que llenan los anaqueles de piso a techo, hay catas de vino todos los martes. Curiosamente, aunque su dueño sea mexicano, esta tienda es la más tradicional de todos los establecimientos franceses que hay en el barrio.
El bistro Côté Sud tiene una simplicidad rústica y una decoración tradicional. La comida también es sencilla, estilo campirano, y su conejo en salsa de mostaza, su croque monsieur y sus caracoles bastan para despertar una agradable sensación de déja vu de viajes por la campiña francesa.
Aunque también él es francés, el dueño de Non Solo Pasta y Non Solo Panino sintió que la presencia francesa en la Roma era tan intensa, que el vecindario necesitaba una alternativa culinaria, razón por la cual añadió pastas y paninis a la combinación. A pesar de que la comida es italiana, durante el día la música ambiental que se oye aquí suele ser francesa, y es probable que el mesero que atienda tu mesa tome la orden en un español con fuertes tintes del francés. En el lounge que se ubica sobre el restaurante, DJ franceses y nacionales giran los ritmos mundiales más recientes, mostrando cuán global se ha vuelto la cultura en estos días y cómo es precisamente esa mezcla la que hace que una ciudad —o un escenario— sea especial. Y que sea parisino aunque se ostente romano.